viernes, 20 de noviembre de 2015

DESDE LA ONTOLOGÍA DE NICOLAI HARTMANN


DESDE LA ONTOLOGÍA DE NICOLAI HARTMANN

Autor: Gerardo Barbera







HACIA UNA ONTOLOGÍA DE LAS CIENCIAS DEL ESPÍRITU



RESUMEN

En este ensayo sobre las propuestas ontológicas de Nicolai Hartmann, se presenta una breve referencia biográfica del autor. Luego se desarrolla el concepto del ser del ente, o del “ente en cuanto ente” y como punto de partida de la ontología se expone lo referente a la “actitud natural del conocimiento”, que siempre es transcendente a la subjetividad de la conciencia como marco del método inductivo, propio de la investigación en cualquiera de sus campos y se concluye fundamentando la objetividad absoluta de todas las áreas del saber, y de manera especial, de las llamadas “ciencias del espíritu”.
Palabras clave: Ontología, Ente, Ser, Metafísica


 Una postura propia, y que en su tiempo tuvo su importancia fue la opción ontológica de Nicolai Hartmann a propósito del problema de los valores. Había nacido en Riga en 1882; en 1913 fue nombrado profesor en Berlín y desde 1945 lo fue en Gotinga, donde murió en 1950. Procedía de la escuela neokantiana de Marburgo, pero pronto se liberó del subjetivismo y del idealismo lógico para avanzar hacia un realismo teórico-cognitivo; se acercó a las posiciones del idealismo, especialmente al de Hegel, al tiempo que desarrolló una reflexión en torno a los problemas fundamentales de la ética, en la que recogió e incorporó el problema axiológico y estudió el problema del “ser espiritual”, reelaborando el concepto hegeliano de “espíritu objetivo”, pero en un sentido realista.
En vida Nicolai Hartmann fue considerado como uno de los mayores filósofos de habla alemana. Pero a partir de su muerte (1950) se ha hecho el silencio en torno a él, y apenas se le menciona si no es en los estrechos círculos de quienes en tiempos fueron discípulos suyos. Su influencia es hoy mínima y sus planteamientos filosóficos resultan desconocidos hasta por aquellos que en la actualidad repiten como si se tratase de algo muy original la opción “científica” a favor de la objetividad y la inmanencia de las “ciencias del espíritu”, ampliamente tratadas en los cinco tomos de “Ontología” publicados entre 1935 y 1950.
La ontología como disciplina filosófica siempre hace referencia a la metafísica. Sin embargo, Nicolai Hartmann propone como piedra angular de su ontología, precisamente la postergación de la metafísica como conclusión del análisis ontológico y no partir de una “metafísica de fondo”. La metafísica es el punto de llegada y no el “desde dónde” se hace ontología.
 De poco provecho resultaría plantearse el problema del “origen del mundo”, del “argé”, de si el Universo es fruto de alguna “Conciencia Universal”, o del “Azar Cósmico”. Para avanzar correctamente en cuestiones ontológicas, el saber si el “Espíritu” o la “Materia” es lo único que existe carece de sentido, ya que todos estos postulados metafísicos, que suelen colocarse como punto de partida de la reflexión filosófica, no son fruto de conclusiones “científicas”, sino “opciones de fe”. Para el correcto camino de la ontología, que se centra en el estudio del “ente en cuanto ente”, importa poco si existe o no existe Dios, o de cualquier otro principio originario del Universo. Estas ideas las expone Hartmann (1934) , desde el inicio de sus cinco Tomos de Ontología:
La ontología empieza en una cierta posición, más acá de los problemas metafísicos así como de la oposición entre los puntos de vista y los sistemas filosóficos. No es de antemano importante para el planteamiento de su propia cuestión saber si hay un “principio de mundo”, si este principio tiene o no la forma de una inteligencia, si la fábrica del mundo tiene sentido o el proceso del mundo tiene sentido o el proceso del mundo se dirige hacia una meta. Esto no hace cambiar gran cosa el carácter del ente en cuanto tal (Ontología I : 45 )

De esta manera, la ontología se plantea, desde su punto de partida, como una reflexión filosófica sobre el ser que se origina de la experiencia científica y filosófica de cada día; parte del encuentro de la conciencia con la realidad y no de fundamentos metafísicos, ya que la cuestión metafísica se amplía, en la medida en que se recorre el camino ontológico.
 Sin embargo, la ontología no se plantea a sí misma como un estudio sobre lo particular, sino como una cuestión filosófica sobre el ser en el plano de lo más general. La ontología exige un alto nivel de abstracción como condición que permite el análisis del “ente en cuanto ente” en su generalidad y no de los entes particulares, cuyo estudio es propio de las diferentes ciencias fácticas.
 Por otra parte, la ontología se plantea la diferenciación entre el “ente” y el “ser”, ya que realidades concretas hay muchas, el ente es plural, pero el ser es uno en todos los entes. El ente es plural, pero el ser del ente es uno e idéntico en todos los entes.
Aunque las maneras de ser del ente sean múltiples, lo esencial es lo universal del ser presente en cada ente concreto y particular. La ontología busca lo general del ser presente en el ente concreto. Esto es lo que quiere decir “el ente en cuanto ente”. Las distorsiones de algunas propuestas ontológicas consisten en confundir el ente y el ser del ente; esto suele ocurrir porque al ser del ente sólo se le puede abordar desde el ente concreto y particular. Se trata de hacer filosofía del ser en general presente en la multiplicidad de los entes particulares.
 La fuente del conocimiento acerca del ser, sólo es posible desde la investigación filosófica y científica a través del ente. Hartmann, plantea la necesidad de diferenciar el ente del ser para evitar desviaciones en el análisis ontológico; así expresa:
 Esto significa que no hay que preguntar, digamos, por un “ente” único situado por la multiplicidad de todos los entes –esto significaría por anticipado la busca de una sustancia, de un absoluto, o de cualquier otro principio de unidad, y este mismo necesitaría tener a su vez un ser -, sino que hay que preguntar por lo que en los entes se encierra de general entendido en simple sentido óntico. Mas esto es el ser (Ontología I: 47)

De tal manera, que el objeto formal de la ontología sería la cuestión del ser, pero esta investigación sólo se puede realizar desde el ente en su manifestación particular y concreta. La investigación ontológica se dirige hacia el “ente en cuanto ente” como punto de partida, señalando en su propósito formal el ser del ente como verdadero objeto de estudio de la ontología, como la nota más general del ente.
De estos postulados iniciales propuesto por la Ontología de Hartmann, quedan descartadas las reflexiones ontológicas centradas en la conciencia del ser como fundamento metafísico, ya que el análisis del ser en la intimidad de la conciencia, puede llevar a pensar que el ser del ente, o el “ente en cuanto ente”, debe su ser al ser de la conciencia; es decir, el ser del ente se reduce a su ser percibido por la conciencia. El “ente en cuanto ente” no necesita de la conciencia para ser, es más, el ser del ente lo es sin la conciencia.
La investigación del “ente en cuanto ente” es el punto de partida de la ontología. Sin embargo, Hartmann es consciente del simple formulismo de su punto de partida y lo explica del modo siguiente:
 No es posible superar la fórmula del “ente en cuanto ente”. Es una fórmula que no define nada previamente, que permanece neutral ante la divergencia de las posiciones y teorías, más acá de toda interpretación. El reverso de esta ventaja es que es meramente formal, un esquema que aguarda que lo llenen. Esto está justificado en el punto de partida de la investigación. Pero si se pretendiera quedarse ahí, resultaría la fórmula no decir nada (Ontología I : 53)

 El “ente en cuanto ente” resulta ser lo general en lo particular de los entes plurales, el ser en sí que no se reduce a la conciencia; y por lo tanto, no definible y no limitado por la conciencia racional, no se reduce a ser pensado ni elaborado como concepto, escapa a toda pretensión de conceptualización, solamente podemos aproximarnos a él a través de la investigación del ente particular, ya que el ser en sí es lo último por lo que cabe preguntar, y algo que responde a lo último carece de límites para ser definido.
La incapacidad de definición se manifiesta “más acá” de la del ser del ente; no se puede definir con exactitud lo que es “la materia”, “el espíritu”, “la conciencia”, menos definir el ser de cada uno de estos elementos. Tan sólo podemos acercarnos a los límites de una posible definición de estos elementos, los cuales no suelen ser presentados bajo la fórmula de un concepto objetivo de los mismos. Si no podemos definir con exactitud científica algunos elementos de la realidad, menos definiremos al “ente en cuanto ente” bajo un concepto objetivo.
Sin embargo, el ser es accesible en el ente, no en sí mismo, sino en la manera de ser en cada ente particular. La pregunta surge: ¿Cómo es posible el conocimiento del ser?, ¿En qué medida es posible conocer el ser del ente?, ¿Cómo acercarnos a la investigación del “ente en cuanto ente”?
 En todo ente se puede conocer la forma del ser, pero el ser en sí siempre escapa a la comprensión total de la conciencia. En todo ente se encuentra lo irracional, lo que escapa a la conciencia, a la comprensión de la razón, lo que no puede ser definido plenamente; pero, que es accesible lentamente, sin ser alcanzado en su totalidad, lo cual no quiere decir que nada se pueda conocer del ser del ente. Y esta dimensión irracional condiciona el conocimiento del “ente en cuanto ente”, Hartmann es claro al respecto:
 Resulta innecesario, pues, preocuparse por la imposibilidad de anular lo irracional del ser. En éste queda aún bastante que conocer. Y con esto es lo que tiene que haberse la ontología. Basta no tratar de apresarlo por la vía de la definición lógica, partiendo de algo más general aún, de un principio, en forma de notas. Hay que buscarlo allí donde únicamente está dado: en sus especificaciones. ¿O en qué es algo imposible que algo general resulte accesible desde sus especificaciones? Es todo lo contrario: toda búsqueda de principios y fundamentos sigue este camino. No hay otro. Es el camino propio e inevitable de la filosofía. Pues toda filosofía busca principios. (Ontología I: 55)

El único método de la investigación ontológica sería el inductivo. Ningún principio tendría validez fuera del método inductivo. La inducción es el fundamento del conocimiento propio de la ciencia y de la filosofía. No hay otro camino. El camino desde el ente al ser del ente es la actitud natural del conocimiento propio del hombre. Lo natural es el método inductivo, que de lo particular se llegue a los principios. Por lo tanto, el objeto de la investigación ontológica no pueden ser “los principios del ser”, o “los conceptos metafísicos”, sino, los contenidos del ente; es decir, el ente en particular, que es la única forma de estudiar al ser del ente en general.
 La actitud natural se dirige al objeto, en cuanto contenido del conocimiento; es decir, en cuanto ente, y no “objeto” en cuanto pensado, o contenido ideal de la conciencia. Dirigirse al objeto, en cuanto ente independiente de la conciencia es la experiencia del hombre en su cotidianidad. Y la ontología vuelve su mirada al mundo y no a la conciencia del mismo y rechaza cualquier intento de reducir el ente a lo dado en el pensamiento.
 El conocimiento del ser del ente no llega de manera espontánea, sino a través de la verdadera investigación filosófica, que es igual a la verdadera actitud científica, que no se basa en los contenidos de la conciencia, sino que apunta hacia el mundo natural, o lo que es igual, al “ente en cuanto ente”.
No se trata de una “teoría del objeto”, en cuanto que es aprehendido por una conciencia, sino en cuanto que es ajeno e independiente de cualquier subjetividad, se trata de la investigación del objeto en cuanto “objetivo”, que es lo que permite avanzar desde lo particular a los principios generales.
 En este sentido, la ciencia y la filosofía se diferencian del conocimiento natural e ingenuo, en que ambas abandonan lo particular para adentrarse al conocimiento de lo universal. De esta forma, el conocimiento de lo particular evoluciona y se convierte en teoría, en conocimiento con pretensiones de validez universal. El conocimiento del ente nos lleva al conocimiento del ser del ente.
No se plantea que el ente cambie o se transforme, lo que ocurre es que el conocimiento del mismo se amplía a través de la investigación inductiva. La forma de ser del objeto no se altera en la medida en que se avanza en el conocimiento. Y el contenido conceptual del conocimiento adquirido no se confunde con el ser del ente. Sin embargo, el contenido conceptual del conocimiento no es ajeno al objeto del conocimiento, sino que es tan real como el ente del cual se origina, aunque nunca se identifique plenamente con el ser del ente.
 La ontología puede partir desde la cuestión general “del ente en cuanto ente”, pero fracasa si la respuesta al problema del ser del ente es inmediata o fruto de una opción de fe, como marco desde el cual se hace filosofía. La respuesta a la cuestión del ser del ente es la meta final de todo el proceso del conocimiento de la humanidad, y no su punto de partida. El avance en la comprensión del ser del ente, se da en la medida en que las investigaciones de los distintos entes permiten una visión más amplia del conjunto y esto es una tarea muy lenta, pero es el único camino acertado.
Este avance se logra siendo fiel a la actitud natural del conocimiento, que siempre se dirige hacia el mundo natural, hacia lo trascendente a la conciencia. La ontología persigue el conocimiento universal fundamentado en lo objetivo, en el ser en sí, en el ente, en el ser del ente, y no en el contenido del acto reflexivo de la conciencia. Esta es la opción cognitiva de Hartmann, la cual plantea en los términos siguientes:
La ontología es la que por su parte abandona la “intentio oblicua” y retorna a la “intentio recta”; con lo que vuelve a ser suya toda la plenitud de problemas del reino del objeto, es decir, del mundo. La ontología es el restablecimiento de la dirección natural de la vista. En rigor, ni siquiera puede decirse que sea un restablecimiento. La ontología más bien se abstiene en absoluto de la reflexión. Se adhiere directamente a la actitud natural (Ontología I : 59)

 Esta actitud natural de la ontología, centrada fuera de la conciencia, le es propia a las ciencias naturales y a las llamadas filosofías del espíritu, o ciencias del espíritu, ya que el ser del ente es el mismo en todos los objetos de estudio. No es cierto que el “espíritu” sea algo interno, que solamente pueda ser estudiado en la intimidad de la conciencia. Las ciencias naturales y las ciencias del espíritu son igualmente objetivas, porque el ser del ente es objetivo. Y solamente a través de la actitud natural se puede avanzar en las investigaciones respectivas.
Tanto las ciencias naturales, como las ciencias del espíritu analizan al ente particular y procuran el avance de la ontología, o del estudio del ser del ente. Hartmannn plantea, que ésta es la finalidad de todas las áreas del conocimiento:
 Las ciencias del espíritu no tienen absolutamente nada que hacer con las personas y los actos, sino con productos supraindividuales del espíritu objetivo que son comunes a una pluralidad de individuos. Sus objetos son el derecho, la moral, el arte, la literatura, las costumbres y el estilo de vida, la religión, el lenguaje, la cultura, etc., en tanto que todos estos dominios del espíritu tienen su historia, es también la historia del espíritu en especial sentido objeto de las ciencias del espíritu. Estas ciencias son, pues, objetivas, no estando menos dirigidas hacia los objetos que las ciencias naturales; tan sólo sus objetos son de otra especie. También ellos prolongan en línea recta la actitud natural de la vida cotidiana, pues el derecho, la moral, las costumbres vigentes, etc., están ya dadas en la vida cotidiana como potestades objetivas frente a las cuales tiene el individuo que encontrar camino, exactamente lo mismo que frente a los poderes de la naturaleza (Ontología I: 60)

Tanto la actitud natural del conocimiento, la investigación en las ciencias naturales, la reflexión filosófica, en cuanto que investigan el ser del ente, resultan ser ontologías. De haber diferencia, sería en cuanto a lo propio de cada campo de investigación, en los elementos prácticos y en cuanto a la penetración en comprensión del ser del ente, pero no en la dirección recta del conocimiento, ni en el método inductivo de investigación, ni en la naturaleza del objeto de estudio que siempre es objetivo y trascendente a toda conciencia.
En el fondo, el hombre y la conciencia son tan objetivos como cualquier ente del universo, Hartmann describe esta realidad en toda su crudeza existencial:
Espantosa tiene que ser, naturalmente, para aquel que vive su vida exclusivamente sobre la base de la importancia de la propia persona y entiende por mundo meramente el suyo; el habitual absurdo de concederse importancia a sí mismo se venga del hombre egoísta. Relativamente indiferente resulta la muerte para quien se ve a sí mismo en una actitud óptica sin falsedad, como un insignificante individuo entre individuos, como una gota en la corriente total de los sucesos del mundo, de la historia, lo mismo que de la cósmica, todavía mayor, y sabe comedirse en su veneración ante lo grandioso. Esta es la actitud natural del hombre cuando no ha roto sus raíces con la vida… (Ontología I:   226 ).

Sin duda, Hartmann plantea como pocos una ontología coherente, en la cual las ciencias del espíritu son tan objetivas, como las ciencias naturales; en donde lo “espiritual”, no es la intimidad humana, sino lo transcendente a esa intimidad, pero inmanencia absoluta en su naturaleza ontológica. La teoría de los valores resultará ser una ciencia objetiva, tan natural como la biología o la física, en donde no hay probabilidad, ni necesidad de fundamentos trascendentales, ni religiosos. El hombre moral, no es más que el animal racional, habitante triste y solitario de este insignificante planeta. Esta es la consecuencia de la objetividad inmanente de las ciencias del espíritu. Hartmann aceptó la carga de su opción ontológica radical y materialista.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
 Coreth. E. (1989) Curso Fundamental de Filosofía. Barcelona – España. Ed. Herder. Hartmann. N. (1965) Ontología I. México. Ed. Fondo de Cultura Econ

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